No podré moverme en toda la noche, ella no me lo va a permitir. Mañana me despertaré temprano cuando ella se levante a dar su paseo. Y me volveré a despertar cuando ella me reclame su desayuno.
Se cruzará ante mis pies por la escalera, exigirá que le abra la puerta de la terraza para salir para , acto seguido, exigir que la abra para entrar. Cuando abra el periódico para leerlo mientras bebo mi café, se subirá a la mesa y se paseará sobre las páginas de economía.
Mendigará migajas de la comida, sesteará sobre la ropa recién planchada, se afilará las uñas en el mueble de ratán, jugará con los auriculares, me pisará lo fregao.
Y yo asumo su dictadura felina, acato su dominio. Es la cabeza de familia, la que marca las pautas. La que crea una cotidianeidad en la que me siento segura porque, pase lo que pase, sé lo que ella va a hacer en cada momento. Caerá el cielo sobre nuestras cabezas, pero ella me despertará.
Y gracias a ello, puedo descansar (sin moverme)

